viernes, 10 de setiembre de 2010

Cuento, historia, mito, leyenda....

Cuento: EL VIAJE DE UN LADRÓN

Indagar sobre el origen de algún término de uso diario o la historia que lo acompaña, es decir, el recorrido histórico que revela los sucesivos cambios sufridos por una simple palabra, así como todos los significados, interpretaciones e ideales que despierta, puede ser una excitante clave sobre los mecanismos más paradójicos de la mente humana. Un claro ejemplo de ello se observa en términos como “hermético”, “hermenéutica” e incluso “hermafrodita”, que agrupan sus raíces iniciales sobre uno común, y que además es la palabra con que se designaba a uno de los dioses más significativos de la cultura griega: Hermes.

Por lo que sabemos, al dios Hermes se lo ve las más de las veces cumpliendo el rol de mensajero; ya sea entre los dioses, en el ámbito de los problemas que conciernen al Olimpo; ya sea entre los dioses y los seres humanos, que yacen sobre la tierra. Podemos entonces imaginarlo como un puente, un nexo, alguien con el poder de unir. Y para esta unión su herramienta es la comunicación, el lenguaje, la palabra. Quizás por esto, se piensa que el griego Hermes es sin duda un sucedáneo del dios Thot, que adoraban los sacerdotes- escribas del Antiguo Egipto, es decir, los encargados de transmitir y fijar a través de esos extraños signos la palabra de los dioses en el pueblo que las vivió, las sintió y las creyó. Los nexos; quienes ligaban o “religaban” por medio de una forma de representación del lenguaje a los hombres con sus creadores. Otra prueba de esto es la asociación de Thot con la magia y –además del conocimiento iniciático de la escritura, que en cierta forma estaba emparentada- con los manejos de otras doctrinas ocultas al común de los hombres, e incluso algunas veces de los mismos dioses, cuestión también visible en algunos pasajes de los mitos que refieren al dios griego.

Durante la Florencia del Renacimiento y el Humanismo, bajo la tutela de dogmáticos de la talla de Picco della Mirandola o Giordano Bruno, la imagen de Hermes va a ser evocada por el grupo de los “herméticos”, aquellos doctos e iniciados en los textos atribuidos al mismísimo dios, que se encuentran en las doctrinas del Kibalyón y que en cierta forma contribuyeron a la transformación del término “hermético” en un indicador de algo cerrado, difícil, oculto. Y así también resulta mucho más fácil comprender la asociación de este dios con lo referente a la interpretación, término que encuentra a su espejo más precoz en la voz griega hermenéutica.

El conjunto de estas aptitudes quizás construyen ante nuestra percepción al dios griego Hermes como un poseedor de “los dos lados”, pero también como un traductor y un intérprete, de ahí se desprenden el poder de la comunicación y, por ende, de la palabra. A la vez, esta función de puente conector le entrega la característica de “viajero”, razón por la cual en algunos mitos se lo ve conduciendo las almas de los muertos por los oscuros caminos que las llevan al hades (respecto a esto último, también observamos que su imagen aparecía en muchas lápidas griegas). Como muchas veces los viajeros de la Antigua Grecia tenían en el comercio a uno de sus principales fines, Hermes fue utilizado como un dios casi personal tanto por los mercaderes como por las almas nómades que necesitaban protección en su muchas veces ignoto camino, fundiéndose a veces los dos roles en un solo papel.

Pero ya los escritos de la Ilíada nos revelan un aspecto que vuelve verdaderamente interesante a esta deidad. En el “Himno a Hermes” (canto II) Homero nos narra cómo el mismo día de su nacimiento, el pequeño dios se las ingenió para moverse y llegar hasta la ciudad de Tesalia, donde su hermano Apolo cumplía la labor de pastor, cuidando los rebaños de Admeto. Y encontrando a Apolo distraído, el niño robó parte de su ganado desplegando su arte engañador al cambiar la dirección de las huellas, de modo que las pezuñas de adelante fueran las de atrás y las de atrás las de adelante. Luego fue a esconderse en el regazo de su madre Maya, envuelto en sus pañales, engañando a todos con sus inentendibles balbuceos.

Estos datos pueden traducirse de varias formas. En primer lugar, si concebimos a Hermes como representante de la palabra y la interpretación, la lectura simbólica del relato nos dibuja la idea del lenguaje como un “arma de doble filo”; si el dios posee los dos lados, si una de sus características es esa “dualidad”, entonces es también capaz de comunicar los contrarios. En este sentido, la palabra puede ser utilizada como verdad o embauco, el lenguaje es algo que sirve tanto para la cura como para el daño. En segundo lugar, la anécdota referida ofrece unas características especiales a Hermes: el robo y el engaño. Y estas características añaden un nuevo grupo a quienes rendían culto y solicitaban la protección del dios, un grupo tan perteneciente a los “bordes” como los extraños forasteros y los pícaros comerciantes: los ladrones.

La cultura romana absorbió e intentó (las más de las veces sin éxito) emular o superar a la griega evidentemente sin mesuras, copiando incluso al panteón de sus dioses. Aunque, según parece, existía antes de la apropiación religiosa un dios romano que coincidía en la protección a los mercaderes, el dios Mercurio (su nombre proviene del latín merx -mercancía- y mercari –comerciar-) pasó entonces a ser además “experto en urdir tramas y resolver imposibles”, razón por la cual también ocupó el lugar de Patrono o Rey de los cuatreros y asaltadores de caminos.

En un pasaje del libro El hacedor, J. L. Borges propone un irrefutable: “al destino le agradan las similitudes, las variables, las simetrías”. Y me atrevo a añadir el término “coincidencias”, quizá implícito en los demás. Esas coincidencias arquetípicas tan afectas a las historias como a la Historia. Esas simetrías entre historia y mito, entre realidad y ficción, tan solícitas a las religiones. Esas variables que permiten que la historia continúe, inseparable del mito.

En el año de Cristo que los libros marcan como 270, en la ciudad de Licia (dentro de la actual Turquía) y en el seno de una familia proverbialmente adinerada, nacía un inquieto niño que siempre se sintió incómodo de su clase, a pesar de caracterizarse por su generosidad. Cuentan los imparciales historiadores que desde muy temprana edad mostró un expresivo desdén hacia las costumbres familiares y se dedicó a conocer y a compartir con los pobres, los habitantes de los límites. Por este motivo, al morir sus progenitores a causa de una epidemia que azotó a la zona, el joven Nicolás repartió entre esas gentes su fortuna y se hizo ordenar sacerdote, quizás porque ese era el orden que seguían sus convicciones, o quizás porque el destino le abandonó a las órdenes de un tío Obispo, que se encargó de su ordenamiento.

Quizás la burocracia de las sotanas que lo rodeaban en el internado y en sus primeros puestos lo hizo recordar la incomodidad que le provocaban las comodidades de su hogar, por lo que nuestro sacerdote se dedicó a viajar, a recorrer diferentes lugares de Oriente y Occidente predicando su religión, convirtiendo y convenciendo sinceramente a muchos “infieles”. Se creyó entonces un “puente” con lo celeste, utilizando la dulce palabra sagrada como herramienta. En este período los datos históricos fehacientes aparecen llenos de oscuros hiatos. Teniendo en cuenta las características propias de esta época, no resultaría muy aventurado imaginarlo consumiendo gran parte de su tiempo con viajeros, comerciantes y asesinos; quizás conviviendo y compartiendo cenas con malvivientes y prostitutas en donde las leyendas se hacen verdaderas, en los bordes de los caminos. Según prosiguen los libros, el azar lo hizo Arzobispo de la ciudad de Myra, donde murió un seis de diciembre del año 345. Y el mismo azar lo transformó en el primer santo que no sufrió martirio alguno, sino que su reconocimiento por parte de la Iglesia sucedió cuando su cuerpo fue rescatado del ataque mahometano y llevado hasta Bari, donde se lo proclamó Santo Patrono de la ciudad. Los últimos recovecos de su biografía observan que, luego de su muerte, aunque sobre todo desde los siglos V y VI, San Nicolás de Bari fue inicialmente el protector de los eruditos, de los niños, de las mujeres vírgenes y, por sus viajes numerosos, de los marineros, viajantes y mercaderes. Posteriormente, ya entrada la Edad Media, su protección también fue solicitada por las personas que habitaban los bordes de la sociedad, como las prostitutas y los ladrones.

Imagino aquí la historia de un hombre. Ha crecido en una ciudad europea hostil y diezmada por las sucesivas invasiones bárbaras, como tantas ciudades del Siglo VIII. Alguna vaga idea de la fe lo exime todavía de la depravación y el caos reinante, por lo que un día, apretado también por el hambre y la peste, junta sus trastos y decide largarse a donde lo lleve la Providencia. Luego de andar por varias ciudades y de compartir su tiempo con los oscuros personajes que habitan los anillos que rodean a los centros populares, un día se encuentra solo y de nuevo hambriento, al costado de un pequeño y deshabitado sendero. Decide entonces dejar de caminar y esperar escondido como una fiera la llegada hasta su punto de un carro, cuyo rechinar de ruedas y mercancías siente a lo lejos, en la silenciosa y boscosa llanura. Luego de asestar el golpe al pesado mercader, nuestro hombre revisa los objetos de su posesión. Entre las frutas y los quesos de los que se aprovisiona, descubre una imagen de San Nicolás y comprende que él también, ahora, necesita una protección, por lo que guarda cuidadosamente envuelta la estatuilla en una bolsa, junto a los alimentos que necesitará para su camino, y huye antes que el sueño de la víctima llegue a su fin. Nunca conoceremos el nombre de este personaje, ni su nebulosa fisonomía. Sin embargo, este viajero sin saberlo cumplió también la función de nexo o “puente conector”; y fue un Adán pero también un eslabón que permitió continuar la Historia.

La vida de San Nicolás se completa por medio de una serie de leyendas. La más notable de todas, y la que ha reverberado en todas las latitudes, cuenta que salvó en una ocasión a tres niños que caían de un árbol, acto por el cual se lo considera protector de los menores. Esto explica que muchas veces sus imágenes lo representan con tres pequeños dentro de una especie de fuente o balde. A esto se le agrega también la tradición que llega hasta una celebración actual: mientras repartía sus riquezas entre los mayores, San Nicolás siempre se acordaba de los más pequeños, a quienes obsequiaba dulces. El mismo azar que rigió su vida lo hizo morir un día cercano en el calendario al del nacimiento de Cristo, por lo que la antigua costumbre de entregar obsequios a los niños los días seis de diciembre, en la víspera del día del santo, pasó a unirse por una simple cuestión de practicidad con el festejo de la Navidad. En Holanda, comenzaron las leyendas sobre la llegada de “Santa Klauss”, al principio en su caballo blanco, dejando dulces en las casas de todos los niños que habían sido buenos. Los datos fueron fijados en la literatura por el pastor protestante Clemet C. Moore, en el año 1823, con su poema “Un relato sobre la visita de San Nicolás”, performando la fisonomía que posteriormente los alquimistas responsables de las publicidades de Coca Cola fijaran como nuestro actual Papá Noel, en los albores del siglo veinte.

Pienso entonces en otra historia. La de este viejo gordo y barbudo, con la apariencia de un comerciante, que siempre permanece oculto a la mirada de los inocentes. Pienso en este extraño “viejo de la bolsa” vestido de punzó, que lleva sus misteriosos trastos al hombro como un viajero antiguo, que recorre un largo camino por el mundo; que la más religiosa de nuestras noches entra en nuestros hogares, en silencio, mientras todos duermen, como un ladrón. Pero que, paradójicamente, nos deja obsequios.

Los recorridos de la mente humana suelen exceder incluso a la infinidad de la perfección, en su bizarría.

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Diálogo con el autor del texto:

Yo:

Tu escritura es súper clara y amena. Me gusta, pero porqué indicás que es un cuento?
No es más bien como un texto histórico... o mítico? No es un hecho inventado....bueno, al menos no por vos...no?

Sea como sea, es muy interesante. Cómo tantas cosas que no cuestionamos, costumbres, palabras, tienen una base histórica, en hechos y situaciones pasadas, ya imposible de determinar si reales o mitológicas.

De eso se trata el lenguaje en definitiva, pienso. Es un sistema de signos que se aplica siempre tendiendo a la economía, para poder comunicarnos pero ahorrando o resumiendo información superflua o inútil al menos en el momento en que se usan esos signos.

Para mí es mágico todo ese tema... en la universidad me encantaban semiótica y lingüística. Es más, quise hacer mi tesis por ese lado, pero no tuve "cuorum" (esta palabrita de dónde viene?). La tendría que haber hecho sola... de todos modos la terminé haciendo sola!

Acá siempre descubro raíces de palabras que usamos en Argentina. Todo eso desde que trabajo con españoles, siempre la gente te aporta tantas cosas. El otro día una señora me dijo, mientras le mostraba los famosos patios interiores de Berlín (un día te muestro si querés), que se parecían a ciertos patios de Madrid. Pero que allá eran edificios no con balcones en cada casa como acá, independientes unos de otros, sino con galerías circulares comunes a cada planta, que daban a un patio por el fresco.

Y le dije, que sí, en Buenos Aires los hay también, seguramente construídos por los inmigrantes, y que allá les decimos "conventillos".

Y ella me dice, "ah claro, porque ese tipo de edificios siempre estaban cerca de los Conventos" ... ;) Me encantó!

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Autor:

Justificación del "cuento" o la historia vs. la ficción (manifiesto?)‏

Creo que el debate sobre si es un cuento o no justamente decide la naturaleza de la cuestión.
Mi idea con este cuento es demostrar dos cosas que parecerían una paradoja: primero y principal, que para mí "todo es ficción". Segundo, que "nadie inventa nada".

Para la primera afirmación, mi planteo es el siguiente: la historia, los mitos, los cuentos y cualquier otro tipo de narración, no son más que construcciones realizadas por medio del lenguaje. Hablemos de la Historia. Muchas veces los textos históricos se asocian al concepto de "verdad", y por eso se oponen a la "ficción", que aparece como "lo inventado". Pero por una parte, la ficción no inventa totalmente, sino que es algo que "toma elementos de la realidad y los tranforma en algo que no es ni verdad ni mentira: el universo paralelo de la ficción". Por otra parte, ya no somos niños como para creer todo lo que nos dicen los libros de historia; a mis alumnos suelo llevarles tres libros de historia de diferentes historiadores con ideologías opuestas y de épocas diversas, para leerles el relato del mismo hecho histórico que resultan ser siempre tres historias diferentes. Entonces les pregunto: ¿cuál es la verdadera?. Del mismo modo, las hoy tan exitosas "novelas históricas", que relatan "hechos verídicos", ¿hasta que punto nos dicen "verdades"? ¿todo lo que allí leemos es verdad absoluta? No. Todas han tomado elementos de la realidad y las han construido en un relato mediadas por opiniones, ideologías, tabúes, intencionalidades; amén de los huecos que dejan las "documentaciones" (hasta qué punto los contenidos de los archivos son "verdaderos") y deben "rellenarse". En ese sentido, ¿qué diferencia tienen esas "novelas históricas" (mal llamadas "non ficcion") con un Corín Tellado o con un mito celta?

En el texto que te mandé se reúnen de forma "metatextual" (texto(s) dentro de un texto) o "metaficcional" (ficción dentro de la ficción) historias que provienen de los mitos egipcios, griegos, romanos, pero también de textos históricos y de leyendas populares y posteriores mitificaciones o santificaciones del Cristianismo. Asimismo, en un nivel que, si no siguiésemos atentamente esta discusión, podríamos llamar de "lo inventado", aparecen las "especulaciones" que agrego en los huecos sobre la vida de San Nicolás en sus viajes y la historia del ladrón que fue el primero en la edad media en buscar la protección del santo para continuar con las coincidencias. Y justamente, el poner estas historias "inventadas" entre medio de los discursos míticos e históricos, ponen todo al mismo nivel, el nivel de la ficción (quizás por eso me preguntabas si no era un escrito histórico o mítico; pues creo que ya tenés un comienzo de respuesta: ninguno de los dos).

Aunque sí, mi trabajo haya sido mayormente el hecho de "unir" o conectar las historias y fundirlas en una sola: en ese sentido, yo también fuí un Hermes, y eso refuerza el carácter metaficcional del relato, que ya sobrepasa el ámbito "interior" del cuento en sí y llega hasta el trabajo de su escritor.

El segundo punto está directamente relacionado con el primero. Como te decía antes, "nadie inventa nada". Lo digo en el sentido de que (idea borgeana) todo ya está escrito, toda escritura es una reescritura; toda escritura procede de una serie de escrituras y de una serie de lecturas precedentes. no hay nada que se geste "de la nada". Creo que el cuento, si estás decidida a tomarlo de ese modo, lleva al máximo esta idea.

Como te decía, es una idea borgeana. Hay un cuento de Borges que se llama "la casa de Asterión" (El Aleph), que narra el mito de Teseo, Ariadna y el Minotauro, pero desde la focalización y la primera persona de este último, la bestia con cuerpo de hombre y cabeza de toro, que espera ingenuamente que "vengan a jugar" con él, hasta que llega un extraño y lo mata. Podríamos decir entonces que Borges no inventa nada, que nos cuenta una historia que ya conocemos, pero al reescribir el mito desde el punto de vista del monstruo, lo humaniza y nos muestra otra cara de la historia, además de jugar con esta idea sobre la ficción y la reescritura, que me encanta.
Siendo tan borgeano el cuento, tuve que citarlo, para demostrar que yo era un Hermes por haber hecho de "puente conector" entre las historias, pero también por ser un ladrón.

Córdoba-Berlín, Agosto de 2010

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